sábado 9 de enero de 2010

Aquellos veranos de mi infancia

Era verano y el sopor de las primeras horas de la tarde, hacían insoportable permanecer en la calle. La tía Antonia , nos obligaba a dormir la siesta sobre unos viejos colchones a la sombra del jazminero del patio. 
Nosotros no podíamos dormir, estábamos inquietos esperando la llamada del heladero, que puntual a su cita cada tarde, recorría las calles del pueblo anunciándose con su vieja armónica. 
Intentábamos matar el tiempo, haciendo sombras chinescas con las manos o contando historias de terror que luego nos quitaban el sueño nocturno. A veces el tiempo pasaba contando los segundos que tardaba la tía entre ronquido y ronquido, nuestras risitas nerviosas la despertaban, nos regañaba entre dientes y volvía a dormir como si nada. 

Por fin se oía de fondo el sonido inconfundible del chambilero y comenzaba nuestra carrera hacia la puerta principal, descalzos, abrasándonos los pies con el ardiente suelo de la calle, sin dejar de saltar, alternando un pie y luego el otro para aliviar el fuego que salia de la tierra, elegíamos el suculento helado, mientras a voces llamábamos a la tía Antonia, para que saliera a pagarle al paciente heladero. 
Volvíamos junto al jazminero a saborear nuestro tan ansiado dulce y con la alegría de que tras su ingestión, terminaba el toque de queda.
La calle, que hasta entonces había sido un desierto silencioso, comenzaba a llenarse de niños a medio vestir. 
Las señoras salían de sus casas silla en mano buscando la sombra y con intención de hacer alguna labor, que siempre quedaba olvidada en el cesto que les acompañaba.
Estaban demasiado pendientes de ciertas vecinas que nunca salían o si lo hacían se alejaban lo suficiente del barrio, lo cual suscitaba ciertas sospechas entre las presentes y por lo tanto eran tema de conversación para el resto de la tarde.
A pocos metros de la calle, había un viejo caserón casi ya en ruinas, rodeado por una verja alta y en cuya puerta había una cadena y un candado, pero que si la movías lo suficiente, dejaba un hueco para que nuestros delgados cuerpecitos cupieran por ella.
Era un sitio que nos estaba vedado, seguramente por el peligro de derrumbe, pero a nosotros nos gustaba más pensar que era por los fantasmas.
El más valiente era aquel que más se acercase a la casa y más aún lo era si encima se atrevía a tocar aunque fuera con la yema del dedo una de sus paredes, para luego salir corriendo como alma que lleva el diablo. En más de una ocasión, jurábamos y perjurábamos que habíamos visto al fantasma.
Aquel juego bajo el sol, la presión del miedo y el nerviosismo por la osadía de violar la verja de la casa maldita nos llenaba  de una sensación de calor sofocante y corríamos a bañarnos a la cequia, si ésta, claro  está, llevaba agua. 
Luego regresábamos a casa, sucios, ajados y con algún que otro rasguño. La tía nos tenía varios cubos de agua que había dejado al sol para que estuviera templada y conforme entrabamos al patio nos la echaba por encima de la cabeza mientras nos restregaba el cuerpo con la mano, luego nos quitaba la ropa, con la misma toalla nos secaba uno por uno, restregando con fuerza las negras rodillas, llevándose alguna costra de alguna vieja herida que volvía a sangrar y que ella curaba con saliva y soplando para que no picase más.
A esas horas de la tarde el jazminero abría sus flores, impregnando el patio con un suave aroma que todo lo  embriagaba. 
Mientras me comía el bocadillo de la cena bajo el árbol, oliendo aquellas flores, cerraba los ojos como queriendo retener todo aquello en mi mente para que jamás olvidara aquellos momentos tan intensos.
Sólo tenía por aquel entonces seis o siete años, pero el recuerdo aún perdura ...

Alguna que otra vez he vuelto a pueblo de pasada, hay una gasolinera donde antes estaba el viejo caserón, pero mis ojos aún ven la verja y buscan a el fantasma. Olvidé cual de todas es la casa de mi tía, me resultan todas iguales, tendría que entrar en cada una de ellas y buscar el jazminero en el patio, cerrar los ojos y oler ese aroma que quedó prendido en mi memoria. 

Muchos han sido los jazmines que a lo largo de mi vida me he parado a oler, pero ninguno tiene un aroma tan intenso como aquel.

2 comentarios:

J.M. Ojeda dijo...

Hola Esther Vidal!
¡Aquellos veranos de mi Infancia…!

Un relato, que conforme se va leyendo,
atrae recuerdos
Recuerdos casi iguales, parecidos,
la cuestión es que nos devuelve por unos instantes,
aquella infancia perdida, olvidada.
Gracia, muchas gracias por remover, en la memoria…

Saludos de J.M. Ojeda

Silencio dijo...

Hola J.M. Ojeda,
Gracias por leerme, no sabes cómo me alegro que te traiga recuerdos, mi relato sólo pretende eso, llegar a la gente que compartimos de algún modo aquellos años.
Un saludo,
Esther