miércoles 9 de junio de 2010

De vuelta al origen

El coche me dejó en un punto intermedio entre la vieja parada del autobús escolar y mi casa.
Mi antigua casa de la Villa de Madrid.
 Hacía 35 años que no pasaba por allí, pero por un momento el tiempo se detuvo, las agujas del reloj dieron marcha atrás y allí, en medio de esa vorágine de coches volvió la pequeña Esther , con su flequillo cortado a lo "garçonne".
Miré a un lado y otro, medí mentalmente las distancias y aquella lejana parada de autobús en Fomento, tan sólo estaba a escasos metros de la puerta de mi casa. Cómo cambian las distancias cuando uno crece, pensé.
Anduve despacio en dirección al número 3 del Paseo de Santa María de la Cabeza, rememorando lugares que creí tenía olvidados. Sin apenas darme cuenta, llegué al portal, los portones de madera pesada, habían sido sustituidos por forja y cristal. La portería que antaño estaba tras una ligera puerta de madera con cristales tapados por visillos, ahora se había convertido en una acorazada y gruesa madera con pomo dorado. ¿Dónde esta Paca, mi portera? Pensé, mientras desde la calle vislumbraba apenas la entrada. Deseaba traspasar la puerta y volver a subir los escalones de dos en dos hasta el sexto piso, entrar en la puerta de la izquierda y recorrer la casa entera. En mi mente fui haciendo el recorrido, despacio, queriendo retener cada detalle. La primera habitación, aquella en que mi madre me trajo al mundo, que con los años se convirtió en salita de estar.
El dormitorio contiguo, dónde alguna vez, recuerdo, dormía el abuelito Pepe.Ambas cámaras asomaban a la calle por un balcón con barandilla de forja.
Un recodo y comenzaba un interminable pasillo con muchas puertas al lado izquierdo, dormitorios, baño, un trastero, la cocina y la habitación grande del fondo.¿Seguirían aún las baldosas sueltas? Mamá decía siempre que aquel pasillo era como un piano, allá donde ponías el píe, el suelo emitía diferentes sonidos.

Pero me quedé en la calle con la nariz pegada al cristal, indecisa, ¿y si toco un timbre y digo que yo nací allí?, ¿Me abrirán la puerta? También tenía la opción de llamar a la "Pensión Mundial", sita en el primer piso y que pese a los años transcurridos, aún seguía estando en el mismo sitio.
Me aparté de la puerta, di unos pasos hacia atrás y conté balcones, allá estaba el mio, ese desde el cual miraba a la calle mientras Rita, mi abuela, me daba de comer la merienda. ¡Cuántos recuerdos! y parecían dormidos.
Miré el reloj, aún tenía tiempo de volver a jugar a dar la vuelta a la manzana. Me encaminé calle abajo, hasta llegar a calle Murcia, la recorrí hasta la siguiente esquina y subí por Delicias.
Busqué la carboneria, la peluquería de caballeros y la casa de Angelita, mi amiga querida de la infancia. No hubo suerte, todo aquello, o no estaba, o se había desdibujado en mi recuerdo.
Gire de nuevo la calle y allí en su "sitio" el kiosko de prensa, pero... ¿y el kiosko de chucherias? Ahora es la caseta de un vendedor de la "ONCE".

Ya era hora de ir a mi cita, volví la vista atrás unos segundos más, miré el balcón, la fachada, la portería del uno, el bar de Paco, que ya no estaba, tampoco Gollita, la de las fajas.
Cruce la calle, pero sentí como que algo me faltaba, un detalle. Frente a mi el "Museo de Arte Reina Sofia", el edificio es antiguo, pero en mi niñez no existía el museo, cerré fuertemente los ojos intentado evocar un recuerdo.  A mi mente llego un jardín y una verja.. ¡el hospital! exclamé. Allí donde Rita dejó su vida. Sonreí y pensé que si el nuevo museo había de tener un fantasma entre sus salas, ese, tenía que ser el de mi abuela, seguramente feliz rondando entre obras de arte. Miré hacia las ventanas como queriendo encontrarla, de mis labios salieron unos besos mudos, que volaron intentando colarse por alguna ventana.
¡Adiós fuente de Atocha!
¡Adiós viejos recuerdos!
¡Adiós abuelita Rita!
¡Adiós a mi infancia querida!

Y seguí mi camino sin poder reprimir una lágrima.

Esther